miércoles, 1 de agosto de 2007

VISITANDO EL DUENDE

Marcela Guevara Luna

-No era ni feo, ni enano, ni llevaba un sombrero enorme. Pero le llamaban Duende porque lo que escribía lo publicaba en las noches, cuando todos dormían…y porque era genial. Al día siguiente, como pinchazos con la punta de una espada, sentían en sus conciencias las autoridades de la Real Audiencia de Quito, las proclamas libertarias, y las denuncias que había escrito y pegado en los lugares más visibles de la ciudad, nuestro Eugenio Espejo, el Precursor de la Independencia. Nadie sabía quien era el autor… ¿Estás escuchando, niña?
De la nubecita turquesa que las ha traído gentilmente hasta acá, saltan Maye y su Abuela, los treinta centímetros que faltan para llegar al suelo. La sombrilla se ha cerrado y cuelga elegante del brazo de la mujer mayor. Ahora están caminando por los corredores de un hospital; cuando ingresan a la sala, observan a un hombre moreno seguido por un niño muy parecido a él, como de diez años que acuden a donde se halla una anciana acostada en un camastro; la mujer tirita y delira. El niño le acerca una jofaina con agua y el hombre le dice:
-Eugenio, hijito, colócale una compresa húmeda en la frente y después de un rato se la cambias; no te aburres, ¿verdad?
-No, Papacito. ¿Está bien así?
-Está muy bien.
El muchachito permanece junto al lecho de la anciana enferma. Entonces, las mujeres se percatan del olor nauseabundo del lugar y querrían salir, pero la voz del niño acompañando a su padre, les llama la atención.
-¡Yo quiero aprender a curar como el Padre José y como su merced, Papacito para ayudar a la gente! – dice el niño.
-Sí, hijito, si te empeñas, lo vas a lograr. Recuerda que tú, ahora, eres pequeño pero no hay tarea pequeña. Cada cosa que hagas, hazla bien!
-Bueno, Papacito. ¿le paso agua a don Domingo?
-Si, y se la das a sorbitos porque está muy débil.
Desoladas, miran las dos mujeres una procesión de indígenas llevando en pobres angarillas los cuerpos de otros indígenas que han muerto por la fiebre amarilla contraída en los obrajes. Sábanas que debieron ser blancas los cubren y van camino de la morgue. Se sienten muy tristes, tanto que huyen del lugar por los corredores del hospital; corren en busca de las gradas que las conducen por la escalera de caracol hasta el campanario de la Iglesia del Hospital de la Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, que es donde se encuentran. Abren la sombrilla y ésta las eleva hasta depositarlas en una nubecita verde. Se recuestan y sienten en el pecho como un dique a punto de romperse. La Abuela aprieta a la niña contra su corazón.
Al sentir un leve sacudón, caen en cuenta de que ya están otra vez en su terraza. El sol pega fuerte y la Abuela le dice:
-¡Cuánto nos hemos dormido! No debemos ver mucha televisión, nena…
Han bajado, y en el comedor, la Madre las espera.
-Están conspirando, ¿he?
-No, Mami. Sólo que Eugenio se veía muy flaco. .
-¿De cuál Eugenio hablan?
-Del Duende, hija.
-¡Hoy están muy extrañas las dos!
-¿Iba a la escuela Eugenio?
-Claro, mi vida. Y por no ser blanco sufrió discrimen, burlas y ofensas, pero como sabía que debajo de la piel, todos somos iguales, no bajaba la cabeza, al contrario, estudiaba mucho y superaba a sus compañeros en aplicación y constancia. Tenía una inteligencia poco común.
-Y, ¿qué más?
-Que a los veinte años, alcanzó el título de Médico; que leyó mucho y de lo mejor de su tiempo para nutrir su hambre de saber. Que fue nuestro primer Bibliotecario…Pero, sobre todo, que tenía conciencia de que la libertad era un bien valioso del que no disfrutaba el pueblo, amordazado y explotado por los poderosos y que él debía hablar por su pueblo.
El cielo tiene nubarrones grises y un relámpago destella; el trueno es tan fuerte que las hace sobresaltar.
-¡Huy! ¡Va a llover! ¡Vamos, niña, a recoger la ropa de la terraza!
La ropa, hecha un gran montón sobre la cama, está agradablemente tibia y Maye, sin pensarlo dos veces, se refunde entre las prendas y otra vez está cabalgando, ahora, en un cúmulo azul, apegadita a la falda de su Abuela, sobre el cielo quiteño, hasta que las deposita suavemente en el patio de una casa desconocida y antigua.
- ¡Es una casa de la época de la Colonia! ¡Abuelita! ¡es igual a la que vimos en el Museo de la Ciudad! En esa ventana hay luz. ¿Quién será el hombre que está escribiendo?... ¡Es Eugenio Espejo, ¿verdad, Abuelita? ¡ Está tal como en el dibujo de mi libro de lectura!
Y el gran hombre, como si sintiera la presencia de ellas, vuelve a mirar; la niña y su Abuela se encogen y se quedan inmóviles. Lo observan cuidadosamente y ven que tiene fruncido el ceño y que ha apoyado el mentón en su mano izquierda; con la pluma en la derecha, golpea suavemente el escritorio. Finalmente, introduce la pluma en el tintero y continúa escribiendo.
-Debemos entrar. ¡Hace mucho frío! – dice la Abuela.
De puntillas Maye, y su Abuela, se acercan al escritorio. Miran como los trazos seguros y enérgicos traducen en palabras el pensamiento del incomparable Duende.
-No se entiende; parece otro idioma.
-Es latín, mi vida. El sabe algunos idiomas, susurra la mujer mayor.
Miran cómo copia el mismo texto en otras cuartillas con idénticos trazos. Una cruz roja dibuja con otra pluma y va apilando las hojas. Cuando ha concluido, se levanta y se dirige a un costado de la habitación; toma su capa y bien embozado, con las cuartillas ocultas bajo el brazo, sale. La puerta queda entornada; sus pasos resuenan en el empedrado de las calles de Quito..
A pesar del frío, salen a espiar al Dr. Espejo. Lo divisan al final de la calle a la luz indecisa de un farol que pende de un poste. Pero él está en plena esquina, afirmando un papel sobre la superficie de una cruz de piedra que se perfila débilmente a la luz del farol.
-¿A esto te referías Abuelita, con lo de Duende…?
-Si, mi chiquita. Denuncia lo que es injusto y persiste en despertar las conciencias.
Ha empezado a lloviznar; piensan en la sombrilla con que se cubren cuando salen a tomar el sol en la terraza y como a pedir de boca, ésta aparece en manos de la Abuela. La abre y sin más, las eleva. De a poco, un agradable calorcito, va subiéndoles desde los pies.
-¡Abuelita, soñé en el Duende!!
-Después me cuentas Maye. Vuelve con tu Mami.
Y la Abuela se alista para ir al trabajo.
El día pasa volando y otra vez están juntas Maye y su Abuela.
Suben las dos mujeres a la terraza y en la penumbra de la tarde que declina, riegan sus geranios. Traviesa, al capricho de un vientecillo leve, se desliza la sombrilla por el enorme patio. Maye corre tras de ella y la ase con las dos manos; al dársela a su Abuela, arrecia el viento y sienten como se elevan sobre su ciudad. Se acomodan, sin soltarla, sobre la nube azul rey donde las ha depositado la sombrilla y con los ojos entrecerrados, sienten que se desplazan por el infinito espacio.
Cuando ha concluido el viaje, están en un corredor de piso de tablas muy pulido y limpio bordeado de macetas con geranios rojos, blancos y rosados. Tras la ventana de una habitación, se ve la luz de una vela. Una sombra se proyecta y sale por la puerta una mujer con una palangana en las manos. La oyen sollozar mientras se aleja hacia fondo del corredor. La puerta ha quedado entreabierta y por ella penetran Maye y su Abuela, con algo de temor.
- ¡Es el Dr. Espejo! Y parece que está enfermo! –susurra la niña.
El Dr. Espejo yace en el lecho, pálido y débil. A velocidad vertiginosa pasan por la memoria del preclaro librepensador los recuerdos recientes del encuentro en Bogotá con su coterráneo Juan Pío Montúfar, con Nariño, y los próceres colombianos que igual que él sueñan en una Patria libre de los españoles y de su yugo; la Sociedad de Amigos y el Periódico Primicias de la Cultura de Quito, las persecuciones y los apresamientos. Sus amados libros, su padre advirtiéndole ser prudente. Velozmente, pasan los rostros de sus hermanos, el cura José y la valiente Manuela. Siente que esos recuerdos ya no le pertenecen y se ve envuelto en una especie de bruma; dulce, suavemente, se deja llevar hacia la inefable paz.
La pequeña y su Abuela, ven que el rostro del Dr. Espejo tiene una expresión risueña, aún su color ha mudado. Es como si estuviese apaciblemente dormido.
En puntillas se retiran con un nudo en la garganta y cuando han salido, ven avanzar la sombra de Doña Manuela, llevando la palangana con agua fresca.
Buscan la sombrilla y la abren. Al tiempo que se elevan sobre la blanca casita, escuchan el llanto angustiado y doliente de Doña Manuela porque su hermano ha partido. Pero ella sabe que las ideas no mueren; ya se encargaría de testimoniarlo a lo largo de su vida, con José Mejía Lequerica, su ilustre esposo.
Las ideas del Dr. Eugenio de Santa Cruz y Espejo, en efecto, no murieron; siguieron viviendo en la voluntad de los próceres que amaron a la Patria y lucharon soñando con verla libre.
Maye y su Abuela caminan ahora por la calle de las Siete Cruces y sienten un sobresalto cuando recuerdan la alta silueta del Dr. Espejo, afirmando, aquella noche fría y obscura, sus proclamas libertarias y sus denuncias sobre la superficie de una de ellas…

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